Quiero ser como Unzué o el egoísmo altruista de Juan Carlos

Quería ser como Unzué. De pequeño, nadie se explica todavía el porqué, yo ya era sevillista y me encantaba jugar de portero en el colegio. A pesar de que algunas actividades se han acabado convirtiendo en, diría, algo más que pasatiempos para mí (la literatura, el fútbol, la música) nunca, quizá exceptuando a Bruce Springsteen, he convertido a nadie ni a nada en héroe. Bueno, hace años recuerdo que escribí que mis únicos ídolos habían sido Springsteen y Juan Carlos Unzué, el portero navarro del Sevilla de los noventa. Vivir vale la pena, el nuevo reportaje de Informe+, comienza con la rueda de prensa de mediados de 2020 en la que Unzué anuncia públicamente que padece Esclerosis Lateral Múltiple (ELA) y tras la cual dice sentirse reconfortado y que, a sus cincuenta y tres años, está preparado para disfrutar de lo que venga.

Unos minutos más tarde, Unzué cuenta que su amigo Meho Kodro (antiguo delantero bosnio del Tenerife, el Barça y la Real) le recomendó un libro al enterarse del diagnóstico: Martes con mi viejo profesor. Aquí el narrador es un enfermo de ELA. Su mujer encontró el libro en casa por casualidad y resulta que no solo lo había leído quince años atrás: Juan Carlos, quien no recordaba nada, lo había subrayado e incluso había anotado unas reflexiones propias al margen que, con el transcurso de los años, fueron pasando a formar parte de su manera de actuar. Ahora lee emocionado cómo ha aprendido que todo sigue aunque no nos vaya bien y le gusta que los amigos del paciente (saben que va a morir, pero no lo creen, sino no podrían actuar como lo hacen) no lo traten con compasión: se trata de visitarlo, de llamarlo, de escuchar. Dice Unzué que aprender a morir, a ser la persona que querrías ser el día de tu muerte (como si le preguntase ese pajarito de los budistas), le ha enseñado a estar contento, bien, a vivir para los demás; cree en la bondad de muchas personas, afirma que solos no vamos a ningún sitio y la vida le ha demostrado que uno acaba por recibir más de lo que da cuando se decide a echar una mano a los demás: él lo llama egoísmo altruista.

Para Unzué, Frank Rijkaard es de esos amigos que consiguen que nada cambie aunque trascurran cinco años sin verse, y a mí me emociona ver cómo arenga a los jugadores de Osasuna haciéndoles ver que él estuvo hace cuatro días en ese mismo terreno de juego, entrenando a futbolistas hace dos días y ahora les habla de afrontar la vida con valentía y entereza desde una silla de ruedas, pero me es imposible no detenerme en la reunión con los ex compañeros del Sevilla de cuando era niño: Jiménez, Prieto, Monchi, Rafa Paz, Martagón… El idolatrado por el sevillismo y respetado por todos Monchi era entonces un portero de la cantera (no andaba tan fino físicamente como Unzué, dice Luis Enrique que él pensaba que estaba fuerte y era competitivo hasta que vio a su amigo Juan Carlos rodar en bici) al que no le cuesta resaltar el optimismo y forma de ser  de un compañero que le condenó al banquillo sevillista durante una década y que terminó por convertirse en referente y buen amigo.

Parece imposible entender la figura del portero navarro sin su mujer, sin sus tres hijos, sin su madre, sin sus hermanos y sin amigos íntimos como Luis Enrique, el actual seleccionador español. Me gusta imaginarme a Luis Enrique y a Juan Carlos Unzué en Ciudad del Cabo en 2013 (antes de ir juntos a entrenar al Celta de Vigo) en el desafío de la Cape Epic, una especie de modernos Jack Lemon y Walter Matthau en bici de montaña y condiciones extremas cuya amistad, dicen (hoy, cuando Juan Carlos Unzué es, para otros enfermos, el símbolo de la importancia de defender el derecho a una vida decente para las personas dependientes, lucha que parece olvidada por los políticos: en 2018 se aprobaron una serie de leyes, como la que otorgaba automáticamente un 33% de discapacidad a los enfermos de ELA tras el diagnóstico; todavía no se ha aplicado ninguna de estas medidas), es imposible que se vea truncada por nada de este mundo.

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