Dorothy y el descubrimiento de América

Dorothy y el descubrimiento de América

Dorothy y el Descubrimiento de América es una novela coescrita por el músico y autor norteamericano Elliott Murphy y el escritor español Peter Redwhite que trasciende las limitaciones impuestas por la geografía y el paso de los siglos. Se podría considerar una novela histórica, aunque también un diario de ficción escrito antes, durante y después de la actual pandemia. La trama se centra en las aventuras sexuales y luchas (tanto existenciales como reales) del profesor de física Luis Torres, quien en plena crisis de los cuarenta se ve obligado a abandonar la Universidad de Oxford y volver (sin fecha de regreso) a la vasta hacienda de su padre (un pintor de renombre) en Moguer, Huelva. Al inicio de la novela, Luis aparece escribiendo en el cuarto de pintar de su padre acerca del Descubrimiento de América mientras continúa desarrollando una rompedora teoría según la cual, con la ayuda de la física cuántica, el tiempo, el espacio e incluso la propia literatura se pueden condensar en el momento presente. Pero sus divagaciones se ven interrumpidas por la repentina aparición de Dorothy: una hermosa (y quizá excesivamente tatuada) milenial. La arrolladora Dorothy y la voluptuosa Alice Gould (la asistente de Luis en Oxford: una actriz porno retirada con un máster en física cuántica) harán que el protagonista se sienta confinado por la acción de dos fuerzas femeninas dominantes. Dorothy y el Descubrimiento de América es una novela que se aleja de las existentes hasta la fecha, alineada con el actual escenario COVID, tan distinto a todos los futuros posibles que una vez pudimos imaginar.

Capítulo 1: Escribiendo en el cuarto de pintar de mi padre

… Hay que admitir que mi fantasía, si es que se puede llamar así  a mi novela por terminar, estaba influida por el hecho de que el cuarto de pintar de mi padre está en Moguer, a menos de diez kilómetros de Palos, localidad de cuyo puerto las tres carabelas colombinas partieron cientos de años atrás. Al menos estaba escribiendo sobre algo que más o menos controlaba. Así que la trayectoria de mi historia de Colón contada de manera única y académica estaba condicionada sin duda, perjudicada incluso, por la geografía que me rodeaba. Pero, por ahora, la única geografía que me interesaba eran las colinas y valles del exquisito cuerpo de Dorothy, desde las curvas del pecho pasando las planicies perfectas del estómago hasta llegar a unas piernas que parecían ser más largas de lo que era posible físicamente: su cuerpo debía formar parte de esos elementos del más allá que permiten a uno viajar por la autopista del espacio-tiempo. Entonces, al mirar una de las famosas marinas de mi padre, ésta estaba secándose en la pared, detrás de Dorothy, me transporté al alba del 3 de agosto de 1492, al puerto de Palos, donde Colón y sus marineros, unos noventa hombres en total (no incluyeron a mujeres en este viaje en una desconsideración flagrante a Noé y su fórmula de una pareja de cada especie), levaban anclas rumbo a las Canarias. Allí es desde donde los vientos alisios los guiarían hasta las Islas de las Especias. ¿Era la dirección de los vientos siguiendo el curso de la Historia o viceversa? ¿Acaso no era su fuerza la que impulsaba cada vela de aquellos barcos hacia un destino por desvelar? El rumbo que siguieron lo marcaban la posición de las estrellas y las corrientes oceánicas, ayudadas por avistamientos de aves y bancos de peces. Cristóbal Colón fue un anotador de primer nivel que apuntó cada detalle (de manera estilosa, convendría recalcar) en sus extensos diarios, lo que hoy nos ofrece la apasionante posibilidad de imaginar que navegamos a su lado en el transcurso de cualquiera de sus viajes a las Américas… Bueno, si es que, como a mí, te apetece acompañarlo y seguir el curso de la Historia, lo que, obviamente, no interesaba lo más mínimo a Dorothy. Como toda su generación, Dorothy había perdido la capacidad de atención al nacer, la debieron haber tirado junto con la inútil placenta. ¿De qué utilidad le podría ser a ella que se expresaba a la manera abreviada de los WhatsApp y de las historias no verbales de Instagram? Cuando volvió a centrarse, el móvil en su bolsa no dejaba de vibrar y sonar. Me di cuenta de que se le estaba agotando la paciencia.

Capítulo 2: Rey Fernando de Oxford

… Entré en el despacho del Doctor Ferdinand con cautela: estaba recubierto de paneles de madera de caoba oscurecidos durante siglos por el humo de las pipas de los académicos, y las paredes estaban repletas de títulos enmarcados y reconocimientos de universidades e instituciones de aquí y de allá. Cualquiera que entrase se habría dado cuenta, al igual que hice yo, de que sus propias obras publicadas estaban presentes, muy bien colocadas, en las baldas más altas, con múltiples ejemplares de cada una de ellas. Mi siempre valiosa investigadora, Alice Gould, me había advertido de que pondría en peligro mi vida si mencionaba, aunque fuese de pasada, el nombre de Stephen Hawking en su presencia, ya que estaba consumido por la envidia; incluso circulaba el rumor de que había dicho, en voz alta para que todos lo oyesen, en el incendiario cóctel de una recepción universitaria, que Hawking no había recibido sino la compasión de la Royal Society cuando lo nombraron miembro, un honor que le había sido esquivo al Doctor Ferdinand.

El despacho estaba tan oscuro que, cuando entré, casi me era imposible verlo; el ambiente tan sombrío y silente que tenía la sensación de haber sido absorbido por alguna clase de agujero negro, materia en la que el Doctor Ferdinand era un consumado especialista, pero, una vez mis ojos fueron capaces de enfocar, me di cuenta de que me estaba dando la espalda y cuando giró su silla hacia mí (para dar más dramatismo a la cosa, estoy seguro) su cara blancuzca y viscosa iluminó la estancia.

Capítulo 3: Desembarco en Guanahani

… Otra cosa. Se da por hecho que no oye demasiado bien y siempre le tengo que repetir las cosas. Pero en ocasiones sospecho que se queda con todo, e incluso se limita a fijarse en aquellos pequeños detalles que le interesan. Cuando lo veo sentado en silla de ruedas, a menudo parece un viejo carcamal decrépito, pidiéndole a Carlos (quizá, junto a Balbino, el único devoto de su caprichosa existencia desde que se marchó mi madre) que lo lleve de acá para allá, por mucho que insista a quien quiera que le pregunte en que es completamente autónomo; además la silla tiene motor incorporado. Pero este acaudalado semi paralítico, supuesto genio de memoria volátil, puede transformarse en un hombre robusto cuando se mueve con gracia, e incluso con elegante delicadeza, entre las plantas aromáticas de su huerto, siempre observando y preguntando al jardinero: Balbino, ¿cuánto falta para que florezca el tomillo?, o quizá, afirmando con alegría, acercándose a las fragantes hojas, que este año el orégano viene más intenso que nunca.

—Esto podría ser el principio de una serie de bocetos —dijo. Estábamos a la entrada de sus exuberantes jardines cuando, de repente, un pájaro oculto entre las ramas de la parra alzó el vuelo con furia—. ¿Has visto eso, Luis? Creo que era un zorzal. Pero dudo que los pájaros interesen a un científico como tú.
—¿Por qué lo das por hecho? Mis intereses abarcan desde…
—Sí, era un zorzal, seguro. ¿Viste los puntitos en su vientre? Son muy característicos, ¿sabes?
—¿Cómo fuiste capaz de verlos? Ese pájaro solo…
—Ya han comenzado su migración anual, lo hacen siempre sobre mediados de febrero —dijo ignorándome por completo—. Llevo más de cuarenta años sin ver uno por aquí. Debe ser un presagio de algo que está por venir. La muerte, quizás.
—¿Por qué tendría que ser un augurio de la muerte? —lo desafié—. Qué pensamiento tan macabro. ¿Por qué no limitarse a afirmar que un pájaro está encantado de darse un festín con las pasas de Balbino? No creo que sea un presagio de nada, la verdad.

Mi padre se me quedó mirando de la manera en que los superiores miran a los ignorantes, como si mi ignorancia le hubiese dejado un regusto desagradable. Estaba seguro de que estaba a punto de ser el blanco de su sarcástica sabiduría. Pero en esta ocasión fui perdonado y su mohín se fue suavizando.

Capítulo 4: Fidel Castro ríe el último

… En el pequeño escritorio de mi dormitorio hay una lámpara de bronce con un mapa casi borrado sobre la superficie quemada que una vez representó el orden mundial de mi infancia. Los símbolos y fronteras, hoy carentes de realidad geopolítica, se han difuminado hasta ser casi incomprensibles, pero de niño me fascinaban. Recuerdo que intentaba comprender el significado de fronteras de países que se han fragmentado siguiendo la implosión y disolución de la URSS. Alemania todavía no estaba unificada cuando compramos la lámpara: la mitad occidental aparece representada en azul y la oriental en rosa. Este mapa ha perdido relevancia, al igual que mi propio mapa. Antes del GPS, los mapas de carreteras eran el último recurso cuando uno se perdía.

Sabía que era posible que, llegado un momento, tuviera que incluir a mi padre en el cóctel, ya que todo indicaba que iba a necesitar más pasta para financiar mi propuesta de concierto a Elliott Murphy (y todo lo que ésta conllevase) de lo que mi salario me permite. Pero no tenía ni idea de cuánto se paga a un roquero por su tiempo. Seguramente, más que a una pareja de chicas de compañía rusas por una noche y menos, digamos, que a un ex Presidente del Banco Mundial por un discurso. Me preocupaba que el simple hecho de pronunciar el nombre de Elliott delante del viejo pintor, que en apariencia todavía le guardaba cierto rencor por el impago de una deuda, significase agitar el avispero con consecuencias impredecibles. ¿Podría convencerle al menos de que con la ayuda de Elliott podría no verme el pelo, del que ya no nos queda demasiado, durante una temporada? Ningún físico cuántico es un optimista nato, pero baste decir que todavía puedo ser un teórico lo bastante aventurero como para tomar un puñado de constantes y construir una fórmula resoluble de manera hermosa con resultados predecibles. ¿No esto lo que hace el arte? ¿No nos sentimos todos más seguros cuando tenemos un final finito? La verdad es que detesto el número pi, que se define, por supuesto, como la relación entre la longitud de una circunferencia y su diámetro y aparece en un sinfín de fórmulas en cualquier área del siempre en expansión universo de la física. Su valor es aproximadamente 3,14159 y, suponiendo que dispongas de una fuente inagotable de tiza, te quedarías sin pizarra antes de vislumbrar el último dígito. De hecho, morirías antes.

Capítulo 5: Ground Control to Major Luis

—Carlos, vamos a llegar a Huelva dentro de nada. ¿Podrías ir al grano, por favor?

—Bueno, como decía, no se trataba del viento…

—Era…

—¡Eran Esmeralda y Balbino dándole a todo trapo! ¡Nada más y nada menos que en plena tempestad! Los dos rodando como bestias de un extremo a otro del jardín. La más despreciable escena jamás vista…

—Estaban desnudos y haciéndolo bajo la lluvia… ¿qué tiene eso de despreciable?

—Bueno, no es solo que estuviesen desnudos: tenían caras y cuerpos pintados con toda clase de símbolos, a buen seguro satánicos, mezclados los unos con los otros a causa de la lluvia ¡Y además se estaban pimplando el ron de tu padre!

—La verdad, Carlos, es que todo esto me resulta divertido, adorable incluso… Quiero decir, ¿a quién le importa lo que esta gente haga cuando se desnuda?

—No tiene ninguna gracia, Luis. Los seguí observando…

—De eso no me cabe ninguna duda.

—Y cuando la lluvia se hizo demasiado intensa, corrieron a refugiarse en el estudio de tu padre. Pasado un rato, bajé allí a ver qué estaban haciendo, para asegurarme de que no estaban… Ya sabes, haciéndolo encima de uno de los cuadros…

—Creo que tienes más de voyeur que de conservador de la obra de mi padre… —Carlos me ignoró.

—Abrí la puerta y los observé con total discreción desde la distancia, hasta que Esmeralda, esa sacerdotisa diabólica, me vio y vino hacia mí, sus tetas colgaban como un par de cucuruchos de papel arrugado, me sonrió y dijo con su acento de las Antillas: ¿las quieres probar, encanto? ¡Tiene cojones esa mujer!

—¿Y las probaste?

—¡Claro que no! Me fui de allí lo más rápido que pude, me volví a mi habitación y cerré la puerta con llave, con la esperanza de que todo fuese agua pasada al despertar a la mañana siguiente, pero, desde aquella noche los dos se han distanciado de mí y cuchichean a mis espaldas cuando saben que estoy cerca.

—¿Y le contaste este episodio a mi padre?

Capítulo 6: El amor en los tiempos del Corona

… Hablando de lo cual, hay que decir que lo que más echaba de menos mi compañera de confinamiento era su pedicura semanal, en la que minúsculos pececillos se comen las células muertas de los pies; ¿se puede considerar esto crueldad animal desde el punto de vista dietético? El caso es que si Dorothy era presa del mismo pesar existencial que a mí me atenazaba, no dejaba que éste se manifestase. Quizá internalizase el sufrimiento en forma de sexo, de música; decorando su cuerpo con tatuajes y piercings. ¿Eran estos jeroglíficos el camino a su alma? Si eran todo lo que necesitaba para tener una vida con significado y justificar su existencia bajo el sol, en realidad se trataba de todo un éxito. Y ésa es otra, al vivir tan cerca el uno del otro, los misteriosos dibujos en sus pantorrillas, muslos, brazos, muñecas y como quiera que se llame esa zona cercana a la vagina que no es la vagina, era como si ya formasen parte de mi propia complejidad. Cuando en una ocasión le pregunté por qué había escogido diferentes diseños para decorar la piel, me dijo que estaba convencida de que los tatuajes ya existían en algún lugar de su alma, y con la ayuda de varios tatuadores iba liberando a aquellos hijos de puta (una de sus locuciones preferidas) a medida que les iba llegando la hora.

Capítulo 7: La caída de la casa de Moguer

Por tanto, lo mejor para él sería ceñirse a preguntas científicas para evitar situaciones incómodas. Le aseguré que a Alice no le interesaban los chascarrillos.

—¿Y a quién le gustan? —dijo Carlos, protestando como siempre—. Y dime, ¿a quién le parece que lo que dice es un chascarrillo? Todos nosotros nos alzamos imponentes en nuestras propias cabezas: somos el brillante y cautivador centro de nuestro universo.

—¿Y eso, Carlos? Nunca te había oído decir nada parecido. ¿Es ése un pensamiento de tu propia cosecha o has empezado con la terapia? —Carlos sopesó la respuesta unos segundos.

—No sé a qué te refieres exactamente con la terapia, pero tuve un cuadro de Lucien Freud, ¿eso cuenta?

—Diría que no, a no ser que se tratase de tu retrato.

—No, por desgracia. Era un retrato del crepuscular aventurero y fotógrafo Peter Beard. Pero no sé nada de ciencias y, si te digo la verdad, tampoco es que me interesen demasiado. ¿A qué tanta fascinación por las respuestas absolutas? ¿Por qué ese afán por dar con leyes universales que siempre han estado ahí y reclamar su autoría? ¿Acaso no nos afectaba la gravedad antes de que Newton formulase unas leyes al respecto? Solo me fascina el arte, que es tan poco científico como uno pudiera pensar. Lo único que me preocupa de la gravedad es que no haga que el óleo se desprenda del lienzo. Teniendo todo esto en cuenta, Luis, ¿por qué no me sugieres algunos temas de seguridad de los que hablar con tu deslucida colega? ¿Quizá el tiempo? Y, ya de paso, ¿por qué no me explicas otra vez la razón por la que no te vienes conmigo? Tengo que decir que me parece poco cortés por tu parte.


A %d blogueros les gusta esto: